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Trauma y biografía

Somos el resultado de nuestras heridas (y por eso elegimos lo que elegimos)

Crees que elegiste tu profesión, tu pareja, tu forma de ser. A veces las eligió una herida vieja, y solo lo ves cuando alguien te lo señala.

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Si te preguntan por qué elegiste tu profesión, tienes una respuesta lista. Te gustaba, se te daba bien, salió así. Suena razonable. Suele ser verdad a medias.

Porque debajo de esa respuesta ordenada hay a menudo otra historia, más antigua y menos consciente. Marian Rojas Estapé lo formula de una manera que incomoda y a la vez alivia: muchas veces somos el resultado de nuestras heridas y de los constructos que fuimos levantando para sobrevivirlas.

Traducido: buena parte de lo que crees que elegiste libremente, en realidad lo eligió una parte de ti que estaba intentando curar algo. Y verlo no te hace más débil. Te hace, por fin, dueño de la historia.

Qué es una herida, en realidad

No hablamos solo de grandes tragedias. Una herida, en este sentido, es cualquier experiencia que en su momento te dejó una convicción sobre ti o sobre el mundo. A veces es un trauma con mayúsculas. Muchas veces es algo más callado: sentirte invisible en tu casa, no sentirte suficiente, aprender pronto que el cariño había que ganárselo.

Ante esa herida, de niño no te quedas quieto: construyes. Levantas una estrategia para que no vuelva a doler. Y esa estrategia, repetida durante años, deja de sentirse como una defensa y empieza a sentirse como tu personalidad. Ahí está el truco del cerebro: disfraza de “yo soy así” lo que en origen fue “así aprendí a protegerme”.

Dos historias que lo dejan claro

Rojas Estapé cuenta dos casos que iluminan el patrón mejor que cualquier teoría.

El primero: un periodista. De pequeño vivió abuso y una falta profunda de validación —la sensación de que nadie lo veía, de que no contaba—. De adulto, mirándolo en terapia, aparece la conexión: se hizo periodista, en parte, para que todo el mundo lo mirara y lo escuchara. La herida decía “soy invisible”; la profesión respondió “voy a ser imposible de ignorar”. Nadie le puso esa idea delante hasta que alguien la nombró.

El segundo: una enfermera. Pasó años de su infancia y juventud junto a una hermana gravemente enferma, viviendo desde dentro el miedo, los hospitales, el cuidado. De adulta estudió enfermería, movida por un deseo muy concreto: que otras personas encontraran a alguien como el que ella habría necesitado. La herida se transformó en vocación.

Fíjate en el detalle importante del segundo caso, porque cambia todo el tono del asunto.

La herida y la vocación pueden ser la misma cosa

Reconocer que una decisión nació de una herida no la invalida. Ese periodista puede ser un periodista excelente. Esa enfermera cuida de verdad. Una actividad puede surgir de un dolor y, al mismo tiempo, convertirse en una vocación genuina y en una ayuda real para los demás.

Esto es lo que separa esta mirada de la típica reducción barata —“lo haces solo por tu trauma”—. No. Lo haces también por tu trauma, y eso puede convivir con que lo hagas bien, con amor y con sentido. La herida no ensucia la vocación: a veces es su raíz. El problema no es que tus elecciones tengan raíces antiguas. El problema es no saber que las tienen.

El miedo, ese arquitecto silencioso

Debajo de casi todas estas construcciones hay un mismo material: el miedo. Miedo a perder el control, a no ser perfecto, a no ser visto, a decepcionar, a ser descubierto.

Y el miedo no es el villano de la historia. Rojas Estapé lo dice con sensatez: el miedo lo hacemos con miedo, porque si no seríamos imprudentes. Un poco de miedo es brújula, es prudencia, es lo que te mantiene a salvo.

El asunto es qué haces con él. Ante el miedo, el cerebro busca un lugar donde sentirse seguro: una persona, un trabajo, un rol, una identidad. Y ahí se instala. El periodista invisible buscó seguridad en los focos; otro la buscará en el control absoluto, otro en no destacar jamás para que no lo descubran. Cada refugio tiene sentido si conoces de qué miedo huye. Visto desde fuera, sin ese contexto, parece “carácter”. Visto por dentro, es un niño buscando dónde estar a salvo.

Por qué mirarlo, en lugar de negarlo, te libera

Podrías pensar que hurgar en esto solo trae dolor. Es al revés. Mientras no lo miras, la herida elige por ti en la sombra: te empuja a repetir el mismo tipo de pareja, el mismo patrón de trabajo, la misma forma de reaccionar, sin que sepas por qué. Manda, y ni la ves.

En el momento en que la nombras —“ah, esto lo hago desde aquí”— pasa algo importante: recuperas la posibilidad de elegir. Puedes seguir siendo periodista, pero ya no necesitas que todos te miren para sentir que existes. Puedes seguir cuidando, pero desde el amor y no desde el hueco. La herida deja de ser tu piloto automático y pasa a ser parte de tu historia, una que ahora conoces.

No se trata de culpar a tu pasado ni de reescribirlo. Se trata de leerlo con honestidad, para dejar de vivirlo en bucle. Somos, en buena parte, el resultado de nuestras heridas. Pero en el momento en que las entendemos, empezamos a ser también algo más: el resultado de lo que decidimos hacer con ellas.


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