"Si quieres, puedes" es mentira (y te está haciendo daño)
La frase suena a motivación pura. Pero cuando todo depende de tu voluntad, todo lo que sale mal se vuelve culpa tuya. Y ahí empieza el problema.
“Si quieres, puedes.” Está en las tazas, en los pósters del gimnasio, en los discursos de fin de curso. Suena bien. Suena a que el mundo es justo y tu vida está en tus manos.
Y sin embargo, Marian Rojas Estapé afirma algo incómodo: esa frase ha hecho muchísimo daño. No porque la actitud no importe —importa, y mucho—, sino porque esconde una trampa que se te cierra encima justo cuando peor estás.
Vamos a desmontarla con cuidado, porque la trampa es sutil.
El “puedes” tiene letra pequeña
Empecemos por lo obvio, que casi nunca se dice. Querer algo con todas tus fuerzas no garantiza conseguirlo. Puedes desear jugar en la NBA, entrenar cada día, dejarte la piel… y si no tienes ciertas condiciones, no vas a jugar en la NBA. No es derrotismo: es que el “puedes” tiene límites reales —físicos, materiales, de contexto— que la frase ignora por completo.
Cuando le vendes a alguien que basta con querer, le estás escondiendo que el resultado también depende de mil cosas que no controla. Y eso, que parece un detalle, prepara el terreno para algo mucho más pesado.
Del “no puedes” al “puedes, puedes, puedes”
El filósofo Byung-Chul Han —recién reconocido con el Premio Princesa de Asturias— describe un giro que hemos dado como sociedad, y explica esta trampa mejor que nada.
Antes vivíamos bajo el “no puedes”. Una sociedad de prohibiciones, de normas externas, de límites impuestos desde fuera. Opresiva, sí, pero con una extraña ventaja: si algo te salía mal, había a quién señalar. La norma, la autoridad, el sistema.
Ahora vivimos bajo el “puedes, puedes, puedes”. Todo es posible, todo está a tu alcance, tú eres el dueño de tu destino. Suena a liberación. Pero tiene un reverso brutal: si todo depende de ti y no lo consigues… la culpa también es toda tuya. No hay sistema al que señalar. Solo estás tú, que “no quisiste lo suficiente”.
Por eso Han habla de una sociedad agotada, deprimida, quemada. No nos aplasta un tirano externo: nos aplastamos nosotros mismos, con el látigo de un “podía y no pude”. Es el plato sano de cinco euros que tenías al alcance, y aun así elegiste la pizza: sabías qué hacer, parecía fácil, no lo hiciste. Y esa culpa, multiplicada por mil decisiones diarias, es agotadora.
Donde de verdad se juega la actitud: cómo te hablas
Aquí es donde el tema deja de ser filosofía y se te mete en casa. Porque la actitud existe, pero no vive en un cartel motivacional: vive en la voz con la que te hablas a ti mismo todo el día.
Rojas Estapé lo pone en términos que sorprenden: cómo yo me hablo tiene un impacto directo en mi salud física y en mi salud psicológica. No es una metáfora bonita. Repetirte “tengo mala suerte”, “nadie me quiere”, “soy un vago”, “no puedo” no es describir tu realidad: es fabricarla, ladrillo a ladrillo.
Y muchas de esas frases ni siquiera son tuyas. Son la grabadora de tu infancia: cosas que oíste de pequeño —“tu hermano es más listo que tú”, “a las delgadas las quieren más”— y que se quedaron grabadas, sonando de fondo, a veces cuarenta años después. Crees que es tu voz. A menudo es un eco viejo que nunca revisaste.
Por qué “échale actitud” no basta cuando estás hundido
Y llegamos al punto más importante, el que la frase de la taza ignora con crueldad.
A veces una persona no arranca no porque le falten ganas, sino porque está apagada: bloqueada por una depresión, arrastrando un trauma sin resolver, hundida en esa voz interior que le repite que no vale. Decirle “si quieres, puedes” a alguien así no es un empujón: es una losa más. Le confirma que, si no sale, es porque no quiere lo suficiente.
Rojas Estapé lo dice sin rodeos y con una imagen dura: nadie va a venir a buscarte a tu cama. Pero eso no significa que puedas solo. Significa lo contrario de la taza: a veces necesitas una palanca externa —un terapeuta, alguien que crea en ti, una oportunidad— que te levante lo justo para que tu propia actitud pueda entrar en acción. Primero la palanca, y entonces las ganas. No al revés.
Un término medio más honesto
Así que no es “si quieres, puedes”. Tampoco su contrario, ese “no puedes con nada” que también es mentira y también hace daño.
Es algo más matizado y más verdadero: tu actitud importa muchísimo, y a la vez no todo depende de ella. Puedes trabajar tu voz interior, revisar qué grabadora llevas puesta, cambiar cómo te hablas. Y puedes, sin ninguna vergüenza, apoyarte en una palanca cuando estás demasiado abajo para levantarte solo. Pedir ayuda no es rendirse al “no puedo”: es la forma más lúcida de recuperar el “puedo”.
La próxima vez que leas “si quieres, puedes” en una taza, quédate con la mitad buena —tu actitud cuenta— y tira la mitad tóxica —la que te deja solo con la culpa—. Tu cabeza te lo va a agradecer.
Sigue tirando del hilo
- Tu problema no es la concentración. Es tu corteza prefrontal. — La culpa por no rendir a menudo empieza antes: en un cerebro desbordado que no logra enfocarse. Aquí, qué le está pasando de verdad a tu atención.
- Somos el resultado de nuestras heridas — Esa “grabadora” de la infancia no solo moldea cómo te hablas: moldea las decisiones más grandes de tu vida sin que te des cuenta.
- Reeducar tu voz interior (próximamente) — Cómo se cambia, en la práctica, esa voz que llevas dentro. Las técnicas concretas que sí existen.
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