La clase de Stanford donde se enseñó a hacer apps adictivas (y de la que salió Instagram)
A principios de los 2000, en un laboratorio de Stanford, se enseñaba a diseñar tecnología que cambia tu conducta sin que te des cuenta. De esa aula salieron los fundadores de Instagram. Y también el hombre que intentó frenarlo todo.
Imagina una clase universitaria donde el temario es, básicamente, cómo diseñar tecnología que cambie tu comportamiento sin que tú lo notes. No es la trama de una serie distópica. Existió, en Stanford, a principios de los 2000. Y de sus pupitres salió gente que después construyó algunas de las apps que hoy tienes en el bolsillo.
Marian Rojas Estapé menciona esta historia de pasada en una entrevista, casi como una curiosidad inquietante. Merece contarse entera, con nombres y fechas, porque cuando entiendes de dónde viene el diseño adictivo, tu relación con la pantalla ya no vuelve a ser igual de inocente.
El laboratorio de la persuasión
El sitio se llamaba Persuasive Technology Lab, dentro de Stanford, y lo dirigía un psicólogo llamado BJ Fogg. Fogg acuñó incluso una palabra para lo que estudiaban: captología —de “computers as persuasive technologies”, ordenadores como tecnologías persuasivas—. Traducido: la ciencia de usar pantallas para cambiar lo que la gente piensa y hace.
Conviene decir una cosa desde el principio, para ser justos: Fogg no era un villano de laboratorio frotándose las manos. Su intención declarada era optimista —usar esas técnicas para ayudar a la gente a hacer lo que ya quería hacer: dejar de fumar, moverse más, ahorrar—. Él mismo escribió, muy pronto, sobre la ética de todo esto. El problema no fue la herramienta. Fue lo que algunos de sus alumnos harían con ella al salir del aula.
Porque en esas clases se estudiaba, con método científico, un material peligrosamente valioso: cómo funciona el sistema de recompensa del cerebro, cómo se crean hábitos, qué resortes psicológicos hacen que repitas una acción. Rojas Estapé lo resume aludiendo a los grandes estudiosos del condicionamiento —la estirpe de Skinner y sus palancas y recompensas—. En Stanford, ese saber antiguo sobre ratones y recompensas se estaba traduciendo a botones, notificaciones y pantallas.
Los alumnos que construyeron tu móvil
Aquí es donde la historia se vuelve concreta. A esa clase de Fogg —apodada con el tiempo “la clase de Facebook”— asistieron, entre otros, Kevin Systrom y Mike Krieger. ¿Sus nombres no te suenan? Su obra sí: son los dos fundadores de Instagram.
(El material que inspiró este artículo mencionaba solo a Krieger “llegando con Instagram”. En realidad fueron los dos, y conviene decirlo bien.)
No es que Instagram “naciera en clase” de un día para otro —esa parte de la leyenda se simplifica mucho—. Pero sí es verdad que sus creadores se formaron ahí, bebiendo del modelo de conducta de Fogg: la idea de que un comportamiento ocurre cuando coinciden tres cosas —motivación, capacidad y un detonante—. Diseña bien el detonante, ponlo fácil, y la gente repetirá. Instagram, con su desliz infinito y su bombeo de “me gusta”, es esa idea llevada a su máxima expresión.
Por el mismo laboratorio pasó también Nir Eyal, que años después escribiría Hooked, el manual de referencia sobre cómo construir productos que enganchan. La semilla estaba en la misma aula.
En 2012, Facebook compró Instagram por mil millones de dólares. La clase de Stanford había dado su fruto más caro.
El alumno que se arrepintió
Pero en ese mismo entorno de Stanford, a partir de 2002, andaba otro estudiante que daría un giro completamente distinto a la historia: Tristan Harris.
Harris se movió por el mundo de la captología igual que los demás. Después entró a trabajar en Google, en el equipo de Gmail. Y ahí, en lugar de aplicar lo aprendido para enganchar más, empezó a incomodarse. Se dio cuenta de que herramientas como el correo, supuestamente para ayudarte, en realidad te distraían y te fragmentaban el día. Cuenta que se preguntó por qué había que meter tantas vibraciones y avisos, y la lógica que encontró detrás le heló la sangre: cuantas más veces te suena el móvil, más lo miras, más te quedas.
Así que en 2013 hizo algo insólito para alguien dentro de una de estas empresas: escribió una presentación de más de 140 diapositivas titulada “Un llamamiento a minimizar la distracción y respetar la atención de los usuarios”. En ella pedía a sus compañeros que sintieran “una enorme responsabilidad”, porque nunca en la historia las decisiones de un puñado de diseñadores habían tenido tanto poder sobre cómo pasa su tiempo el mundo entero.
Lo compartió con diez personas. Se filtró a cinco mil. Llegó hasta el propio director general de Google. Y provocó tal conversación interna que Harris terminó creándose a sí mismo un puesto que no existía: design ethicist —algo así como “responsable de la ética del diseño”—.
Este matiz importa, porque suele contarse mal. Google no le “nombró” éticamente responsable como quien reparte una medalla. Fue él quien, tras el revuelo, se labró ese rol para intentar cambiar las cosas desde dentro.
Cuando frenar desde dentro no basta
No bastó. En 2016, Harris se marchó de Google convencido de que el problema no se arreglaba con buena voluntad individual, porque el negocio entero estaba montado sobre capturar tu atención. Fundó el Center for Humane Technology —el “centro por una tecnología humana”— para denunciarlo desde fuera.
Si su cara te suena, quizá sea por aquí: fue uno de los rostros centrales de El dilema de las redes (The Social Dilemma), el documental de Netflix de 2020 donde varios ex trabajadores de Silicon Valley confesaban, básicamente, haber ayudado a construir una máquina que se les fue de las manos.
Harris lo dejó dicho con una frase que resume por qué esto es tan difícil de resistir con pura fuerza de voluntad: es mucho más fácil secuestrar nuestros instintos que dominarlos nosotros. No estás compitiendo con una app. Estás compitiendo con una sala llena de gente brillante, formada en laboratorios como el de Fogg, cuyo trabajo a tiempo completo es hacer que no puedas soltar el móvil.
Por qué esta historia te importa a ti
Es fácil quedarse con la moraleja fácil —“las redes son malas”— y seguir con el scroll. Pero el valor de conocer esta historia es otro, y es más útil.
Cuando entiendes que tu incapacidad de soltar el móvil no es un fallo de tu carácter, sino el resultado buscado de años de investigación aplicada, dejas de culparte y empiezas a defenderte. No eres débil: estás jugando contra un rival que estudió tus puntos ciegos en un aula de Stanford. Esa vibración que te hace mirar la pantalla no es casualidad; es un detonante colocado a propósito, exactamente como enseñaba el modelo de Fogg.
Y ahí está la buena noticia escondida en toda esta historia: si el enganche se diseñó, el desenganche también se puede diseñar. Quitar las notificaciones no es una manía; es desactivar el detonante en el que se apoya todo el sistema. Poner fricción donde ellos pusieron facilidad —el móvil en otra habitación, la app fuera de la pantalla de inicio— es devolverle el golpe con su propia lógica.
La misma ciencia que se usó para capturarte puede usarse para liberarte. Solo que esta vez el diseñador tienes que ser tú.
Sigue tirando del hilo
- Dopamina buena, dopamina mala: por qué lo fácil te deja vacío — El “sistema de recompensa” que se estudiaba en aquel laboratorio es exactamente el que las apps te secuestran. Aquí, cómo funciona por dentro.
- Tu problema no es la concentración. Es tu corteza prefrontal. — Si una industria entera trabaja para capturar tu atención, entender qué le pasa a tu cerebro cuando lo consigue es la primera defensa.
- Tinder y la gamificación del vínculo — El mismo diseño adictivo, aplicado a algo tan íntimo como con quién compartes tu vida. Qué le hace a tu capacidad de elegir.
Haz que la siguiente idea te encuentre.
Recibe conocimiento destilado, sin ruido y sin llenar tu bandeja de entrada.
Sigue tirando del hilo